Bueno, la verdad es que sí me lo gané. Los que me conocen saben que organizo eventos, y esta semana fue de las pesadas: varios eventos a la vez, mil clientes, siempre resolviendo, siempre de buenas, con los pies cansados y la espalda baja avisándome que ya no tengo veinte. Y además la próxima semana es mi cumpleaños. Así que sí, los envidiosos dirían que estoy festejando y que el martini es el pretexto perfecto. Se podría decir… pero la realidad es otra.
La realidad es que estoy sentada en el Bar Diana, en la Ciudad de México. Y debo decir que pocas veces se ve la Fuente de la Diana tan bonita como hoy: está funcionando, casi puedo oler el agua fresca, las luces alrededor la alumbran toda —lástima que a la Diana misma no se le ve, ya es de noche y ahí sí les falló el alumbrado—. Pero pocas veces el tráfico no opaca la fuente, y hoy es uno de esos días.
Volviendo al martini: estoy aquí sentada sola, sin festejar nada en particular, sin esperar a nadie. Vine por una sola razón: esperaba que algo se encendiera en mí. Esperaba la inspiración. El trabajo. Y, mágicamente, sucedió. Esa tarea que llevaba meses empujando empezó a caer del cielo —bendito Dios que traía la laptop—. Por primera vez en meses estoy escribiendo. Por primera vez en meses estoy retomando lo que dije que iba a hacer.
Y aquí está lo raro: el trabajo no salió de la disciplina. Salió del gozo. A pesar del cansancio, a pesar de la semana, las ideas llegaron justo cuando me di permiso de disfrutar. No porque me lo ganara —mi intención ni siquiera era esa—, sino por el simple hecho de venir. ¿Me explico?
Entonces me puse a filosofar (mi capacidad infinita de pensar sobre el pensamiento): ¿qué dice eso de cómo funciona nuestra creatividad?
Y ahí está el tema. Estamos acostumbradas a tener que haber hecho, logrado, alcanzado —hecho, hecho y vuelto a hacer— para después regalarnos un momento de calma. Piensa en tu momento. (Y si no tienes uno, tenemos un problema; de eso hablamos otro día.) Pero ¿qué pasa cuando te lo regalas sin condiciones? No tiene que ser un martini seco al estilo James Bond. Puede ser una chela, un aperol, ir al salón, comer en tu lugar favorito, ir al cine sola, caminar media hora sin pasear al perro ni resolver un solo pendiente. Solo porque te gusta.
Y llegan las voces: ¿quién soy yo para tomarme un martini sola? ¿qué va a pensar la gente? ¿quién me creo? Y bueno, ¿y si es un acto de rebeldía? ¿Rebeldía contra quién? Esa fue la pregunta que de verdad me detuvo: ¿de quién es esa voz? ¿Quién es la que nos regaña por regalarnos un gesto solo porque sí?
Porque antes yo necesitaba una razón para estar aquí: festejar a alguien, que me invitaran, que me quedara de paso. ¿Y si la razón soy yo?
Ahí está la trampa: creemos que el descanso, el placer, el gozo están condicionados a haber terminado algo, a haber "llegado". Y no. Como lo estoy comprobando en este momento, la inspiración no llegó hasta que me senté a regalarme esto.
Entonces me hice la otra pregunta: ¿qué cambió en mí? (Sentada sola con una misma, las verdades llegan más fácil.) Y la respuesta no es la que esperaba. No fue que hoy decidí "ser una mujer regulada" y pasó la magia. Mucha gente vende eso —decídelo hoy y se hace—. Y sí, hasta cierto punto: todos los días decides quién ser. Pero ahí discrepo. Esa versión de hoy no se decide hoy. Se construye. La pude decidir hoy porque la trabajé ayer, y el día antes, y el de más atrás.
Sin darme cuenta, había creado un protocolo personal. Noche tras noche, algo que me ayudaba a soltar, a desconectar, a dormir mejor. A tener mis pendientes a tope sin que me quitaran el sueño. A levantarme temprano a hacer ejercicio sin perder de vista la junta importante de la mañana. Por eso hoy podía tomarme el martini y comerme todas estas papas —que, por cierto, saben a hechas en casa, como las de mi abuela— sin culpa. No por fuerza de voluntad. Porque mi sistema nervioso aprendió, tiempo atrás, a regularse, a bajar el estímulo, a encontrar balance. Balance: la palabra más cliché. Es cliché porque es verdad.
Si tuviera que ponerle un nombre, no sería "disciplina". Sería conexión. Cuando te conectas contigo, te da igual lo que piensen; te llenas de ti. Y esa conexión se construye anclándote a ti misma, cada noche.
Te pongo el ejemplo, aunque parezca que no tiene que ver: esta noche llegas a tu cuarto, prendes la vela con tu aroma favorito, vacías la cabeza en una hoja, sueltas a las 11 p.m. lo que ya no puedes controlar, repasas tu día siguiente. Y al despertar, apenas abres los ojos, el cuerpo ya tiene ganas del día. Tienes energía para los tuyos, para trabajar, para cuidarte. Y un día te das cuenta de que te volviste tu prioridad, que pones límites sin culpa —no por egoísmo, sino porque ya sabes lo que te hace bien—. Y eso se nota en cómo tratas a todos los demás.
No se decide. Se entrena. Una noche a la vez.
Eso es exactamente lo que te enseño en mi protocolo de 21 noches. Ahí te espero.