¿De quién es esa voz?
Oaxaca, México
La primera vez que me senté a no hacer nada, no sentí paz. Sentí angustia.Y te voy a hacer una pregunta incómoda: ¿alguna vez te has sentado a no hacer nada? Pero de verdad nada. Y no me digas "sí, en la playa", porque eso no cuenta —eso es tomar el sol—. Me refiero a un miércoles cualquiera, a las 5:48 de la tarde, en tu casa, cuando ya se acabó el día y se acabaron los pendientes, y simplemente ESTÁS.Yo me acuerdo perfecto de ese miércoles. Ya había hecho ejercicio en la mañana, ya había subido al súper, ya había trabajado, ya había comido. Ya no quedaba nada por hacer — bueno, sí quedaba: el curso que tengo a medias, la ropa que llevo meses diciendo que voy a vender, el proyecto. Siempre queda algo. Pero yo estaba agotada. Intenté ver la tele: entré a Netflix, le di vueltas al catálogo, no encontré nada... y tal cual: slams laptop, till next time.Y ahí estaba. Sin nada. Solo yo, Fer. Punto.¿Y crees que llegó la paz? No. Llegó el vacío. La incertidumbre. Esa sensación de que falta algo.Siento hasta pena por las nuevas generaciones, que ante ese mismo vacío andan mandando fotos del techo —literal— avisándole a alguien que ahí están, mirando el techo, porque no soportan no tener nada que hacer. Sí, es una cosa real. Cualquier cosa con tal de no quedarse a solas con uno mismo.Yo llegué al silencio por descarte. Nada afuera me daba paz, hasta que me dije: "Torres, te sientas en el piso, cierras los ojos, y tratas de estar en silencio." No te voy a mentir: no se sintió como "el siguiente paso productivo". Se sintió raro. Pero me dio justo la calma que llevaba meses buscando afuera. Y resulta que estaba adentro. No tenía que seguir haciendo, cumpliendo, llenando la agenda. Necesitaba silencio. Y no tenía idea de la paz que el silencio me podía dar.Pero aún en el silencio, ahí seguía la incomodidad: "deberías estar haciendo más." Y entonces me cayó el veinte: ¿quiéeeen me dijo que tengo que estar haciendo algo todo el tiempo?¿De quién es esa voz?Porque racionalmente sé que podría estar disfrutando, y aun así me la armo de cuento. ¿De dónde salió eso? Casi siempre, de dos lados.Uno, de cómo nos criaron. Piensa en tus amigas. Seguro hay unas a las que les dijeron que podían ser y hacer lo que quisieran —y lo son—. Y otras, de familias más tradicionales, que todavía pelean con "ser", porque les aterra el juicio de los demás. La voz que te regaña por descansar casi siempre la instaló alguien más, hace mucho.Dos, de las redes. Y ojo: no tengo bronca con que veas IG o TikTok —yo también lo hago—. El problema es no saber separar. Porque la comparación no perdona, y como ya sabes, te apaga. Si no puedes verlo sin que se te prenda esa voz… mejor no lo veas.¿Y la mía? La mía descubrí que tiene otra dueña. Mi voz es de la versión futura de mí — la que todavía no soy. La que ya hizo, la que ya logró, la que ya llegó. Esa me habla todos los días: hay que accionar, hay que hacer más, te están rebasando por la izquierda, aprovecha hoy porque mañana no va a estar. Suena a motivación. Es un látigo con filtro bonito.¿Y sabes cuál es el costo? Que empiezo cosas y no las termino. Listas, dietas, libros, cursos. Hasta en el proyecto que más amo me pasa: quiero abrir todos los frentes al mismo tiempo, porque siento que el tiempo se me escapa. Y un sistema nervioso que vive con esa urgencia no distingue entre "quiero lograr mucho" y "estoy en peligro". Vive en alerta. No sabe que puede descansar. Siente culpa, siente prisa, cree que tiene que ir por delante de todos.Por eso no duermes bien. Por eso quieres hacer cosas y no las terminas —como yo—. Y aquí vuelvo a la historia del martini: con un par de horas de gozo real, desde el centro, hice lo que no había hecho en meses. Porque el gozo no tiene la culpa. La culpa la tienen los excesos —y los excesos son de todo: exceso de optimización, de dieta, de trabajo, de fiesta, de control, hasta de permiso—. Tú eliges tu exceso.Ahí es cuando el descanso deja de ser premio o pecado. Es mantenimiento. Es lo que te permite volver mañana, incluso mejor que como empezaste. ¿Te acuerdas de cuando empezaste, con todas las ganas? Bueno. Mejor que eso.Todo está en la conexión contigo misma. Ahí viven el balance, el gozo, el trabajo y la inspiración —no en la agenda llena—.Y si me preguntas qué me ancla a esa conexión: hoy, cuando estoy saturada, indecisa, indispuesta — en vez de seguir peleando conmigo, agarro mis audífonos, me voy a mi cuarto, cierro la puerta, me pongo mi antifaz, me tapo con una cobija y me voy quince minutos a un yoga nidra. Cuando vuelvo, soy otra. No es dormir más: es entrenar a tu cerebro a entrar en las ondas del descanso profundo — la ciencia lo asocia con menos cortisol y mejor calidad de sueño.Te enseño cómo en mi protocolo. Empieza con 3 noches gratis. Ahí te espero.